Fumando en el Carillón

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“No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”

Julio Cortázar, Instrucciones para dar cuerda a un reloj

Esta historia es entretenida, y está íntimamente ligada a mi hábito en las redes sociales de denunciar las falsificaciones de puros y habanos. Días atrás, en mi grupo de Argentina, un miembro nuevo subió la clásica foto donde se apreciaba un producto de dudosa procedencia; no se hizo esperar, obviamente, la avalancha de comentarios señalándole al cófrade la inconveniencia de consumir el producto en cuestión, por las razones que son por todos conocidas.

Hasta aquí, podría haber sido un caso más de advertencias masivas sobre el mal fumar, pero devino en una agradecida recepción por parte del afectado (en general no suele aceptarse con facilidad la evidencia de fumar falsificaciones) y en una continuación en privado de la conversación, lo que me permitió conocerlo un poco más y enterarme, para mi suerte, de las características de su actividad laboral de las cuales surge esta crónica.

El hombre vive en función del tiempo, esclavo de los relojes, dedica su tiempo a mantener y reparar ejemplares monumentales, campanarios, torres, edificios consistoriales, predios emblemáticos coronados por relojes gigantes son el objeto de su arte y yo, al enterarme, recordé una visita hace décadas a la catedral de Burdeos, donde me instalé por horas a fumar después de subir desfalleciente varios cientos de peldaños para llegar a lo alto de la torre.

Entonces le comenté: “Tenemos que hacer una foto fumando en uno de esos relojes”, ni corto, ni perezoso, me hizo llegar las fotos que acompañan esta crónica y que demuestran cómo las mismas ideas surgen entre personas diferentes, en tiempos disimiles, y que deja en claro que difícilmente uno logra ser original en estos tiempos, porque siempre hubo algún adelantado (como aquel de Les Luthiers) que tuvo antes que uno la misma idea y que, como es el caso de Guillermo del Valle, tuvo a bien concretarlas, uniendo así pasión y trabajo, aunque me queda la impresión que en este caso es pasión y pasión, porque no puedo imaginar que navegar entre mecanismos y esferas no despierte en sí una pasión que te permita celebrar la suerte de laborar en un universo que no alcanza a graficarse con la palabra trabajo.

El Carillón no es el reloj en sí, sino el mecanismo de campanas organizadas para entregar, en sus distintas tonalidades, una melodía especifica vinculada al lugar en que están instaladas; por extensión, se denomina también al reloj que cuenta, en su mecanismo, con este juego de campanas asociadas. Fumar en medio de ellas, mirando la ciudad, disfrutando la soledad y la altura, me generó curiosidad desde muy joven y sigo anhelando la posibilidad de acceder un día a la sala del reloj para fumar a contraluz contra la esfera, anhelo cumplido por Guillermo con creces, en diversidad de lugares, horas y de seguro, puros seleccionados para la ocasión.

¿Qué fumaría usted en la sala del reloj si pudiera acceder al Big Ben, quizás el más famoso de ellos? ¿Qué ejemplar encendería? El suscrito, amante de vitolas cortas haría seguramente la excepción y colaría un gran corona en el cigar caddy solo para intentar que la experiencia no terminara nunca, para tomar nota mental de cada detalle del entorno, para acumular ideas que se tradujesen en nuevas historias, para adueñarse con tiempo de la concreción de tan largo anhelo.

Los relojes siempre han ejercido fascinación en el ser humano, en todas sus formas y tamaños, el dueño del tiempo cautiva nuestra estética, nos impulsa a coleccionarlos, nos hace uno con su caja, cadena, mecanismo, se cuela en nuestras paredes, en las habitaciones, en las cocinas, es parte de la mayoría de las instrucciones y esta, explícitamente, presente en el mundo del fumador, que selecciona las vitolas de acuerdo a su tiempo de duración, al tiempo disponible para fumarlas, al tiempo que ha de compartir con amigos, al redundante tiempo, siempre medido por el omnipresente reloj.

Se ha vuelto habitual, en foros, publicaciones de Instagram y Facebook, en grupos privados, la presencia de montajes visuales que incluyen tabaco y relojes, muchas veces al volante del automóvil para mostrar así elementos que parecen conformar un estilo de vida, un conjunto de preferencias, la suma de logros que el desempeño les ha permitido acceder y que se han vuelto, en determinados círculos, una evidencia de éxito, el acceso a determinado nivel social, la obtención de un estatus. Pero esta crónica no se refiere a ese aspecto, los que me conocen saben que poco me interesa el supuesto estatus que algunos creen alcanzar por el hecho de fumar puros, lejos del esnobismo imperante y de aparentar por aparentar, sigo siendo un enamorado de la magia, un romántico del humo, un apreciador de los círculos de amistad que, por vías virtuales o físicas, se acrecientan por el sencillo hecho de compartir el hecho de fumar, y que en el seno de nuestro Club en Viña del Mar ha llevado a casi todos sus integrantes a aventurarse también en el mundo de la pipa, otro gran universo lleno de reglas propias, sabores particulares y donde, a diferencia del mundo del puro, el implemento es tan importante como el tabaco en sí.

Bajo este mismo concepto entiendo la experiencia de Guillermo de fumar en sus espacios de trabajo, poder subir a la torre del reloj, acceder a su intimidad, descansar al final del último peldaño, tiene mucho de obsesión, de ansiedad despejada, de sueños concretados, me recuerda con gracia la famosa cita de Ramón Gómez de la Serna: “Aquel tipo tenía un tic, pero le faltaba un tac, por eso no era un reloj”.

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