CATA

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Por César Salinas

La capa de mi puro es, no cabe duda, negro san andrés, maduro.

 

Debe oler como esa tarde, cuando tenía algunos años de vida, y conocí, seguramente en el centro de Xalapa, el olor a café tostado.

 

También me gusta que tenga un sabor como al hacer ese pan con leña que horneaban en la calle pasando el puente, esos días, como a las siete de la mañana, después de la lluvia nocturna;

 

debe saber exactamente como aquel día que contemplaba la loma, con sus dos casitas de madera, el potrero y el Cofre de Perote al fondo; la loma custodiada por un perro;

 

la capa que me gusta sabe exactamente como el día en que vencí el miedo y crucé corriendo esa loma que hoy parece tope.

 

 

No me cabe duda: la capa de mi puro debe saber como aquella vez, cuando tostamos cacao, y a esa sensación cuando lo molimos, ¡y ese olor!

 

Así mero debe saber la capa;

 

así, y como la otra vez, cuando tostamos avena y luego le echamos miel, y como todas aquellas veces cuando tostamos nueces para nuestras salsas.

 

La tripa, por otro lado, debe tener hojas bien fermentadas de historias y generaciones, algo del trópico, y una mezcla especial de anécdotas sanandrescanas.

 

debe saber tan fuerte como aquel expreso de Coatepec, cuando hacía mucho frío y estrenamos la ollita italiana, y luego nos tomamos ese vinito guerrero con el queso que nos robamos de Wal Mart.

 

Así me gusta la tripa de mi puro, como el movimiento suicida de la reina por el caballo por la torre por el alfil por la reina; una tripa que evolucione suicida, que muera matando, una tripa kamikaze.

 

Una tripa bigbang;

 

 

que tenga el sabor de la sorpresa

 

 

el aroma de lo increíble

 

 

la textura de lo fantástico.

 

Ah, y eso sí, como dicen los maestros artesanos del mueble en Misantla, que tenga “expresión”.

 

Una tripa que nos cuente historias, una tripa corazón que nos muestre, en sus íntimos humos, el alma del maestro de la hoja.

 

La tripa que me gusta sabe a Los Tuxtlas, con sus brujos y sus conejos de Catemaco; con sus loros de Santiago, con esas tardes increíbles de verano en la Biosfera; como a esa cantinita cerca del río que atraviesa San Andrés (ahí, a la vuelta de esa calle con la casa de las plantas increíbles).

 

Sabe a Papantla, vainilla, cacao; sabe como El Tajín y sus ceremonias para pedir permiso y mostrar los respetos al palo volador, hogar de los hombres pájaro.

 

Mi puro tiene un aroma como a torres de ladrillo rojo, húmedo, en época de vientos de otoño;

 

un saborcito como cuando durante mucho tiempo tratamos de recordar algo, y lo conseguimos;

 

sabe justamente como como esos dos segundos después de estirar el cuerpo;

 

sabe a infancia, a melancolía, a literatura y a otros tiempos.

 

 

Pero eso sí, el puro que más me gusta,

por convicción

porque es consejo popular,

porque es singular

porque sus posibilidades son incomparables;

 

definitiva

 

inexorablemente,

 

 

 

el puro que más me gusta

 

 

 

 

 

es el que no he probado.

 

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