Rendido a las malas compañías

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Por Michel Iván Texier

Mis amigos son unos malhechores, convictos de atrapar sueños al vuelo, que aplauden cuando el sol se trepa al cielo, y me abren su corazón como las flores

J.M.Serrat, Las Malas Compañías

Fumar puros o pipa es siempre, sin duda alguna, un acto de placer, de tranquilidad, de tiempo para el ritual. Dependiendo justamente del tiempo, es que escogeremos la vitola adecuada, el tamaño en función de los minutos u horas con que contamos para disfrutar adecuadamente toda su extensión, o el tamaño de la pipa y cuánta carga pondremos en ella para no tener que sufrir la siempre amarga decepción de tener que partir antes de haber acabado de fumarla completamente.

 

Y en ese ritual, a los que gustamos de ellas, siempre nos acompañan nuestras mascotas, esas almas fieles, acostumbradas a compartir cada segundo de nuestras vidas, que nos siguen de cerca en todo momento, que duermen y despiertan a nuestro lado, pasean con nosotros y se quedan en nuestro regazo o a nuestros pies, dependiendo de su tamaño, mientras nos sometemos a nuestro encuentro con el humo, sin moverse, como si supieran que la tranquilidad es parte de lo que el fumar nos brinda.

 

Grissom Woods, mi compañero de humos hace ya diez años, se adhiere a mis piernas desde el momento en que percibe que me dirijo al humidor, aguarda quieto la elección del puro, los accesorios de corte y encendido y del lugar de casa donde he de fumar, para luego exigir ser tomado en brazos, acomodarse en mis piernas y permanecer allí, tranquilo y paciente todo el tiempo que ha de durar la fumada, parece también poseer el sentido preciso de saber cuándo esta por caer la ceniza del puro y procura avisarme para que sepa buscar el cenicero antes que se desplome sobre mi como frecuentemente ocurre cuando el no está presente.

 

Conozco, obviamente, muchos otros fumadores que comparten con sus mascotas. Las fotos de algunos de ellos acompañan esta nota y he podido observar una gran variedad de conductas y de dinámicas en la relación entre el Padre fumador y el Hijo animal, la más frecuente es la búsqueda de atención por parte de la mascota cuando el fumador se aísla de todo estímulo y parece abstraerse en un mundo ausente, cerrando los ojos y saboreando delicadamente el humo, aparecen los ladridos y maullidos y la exigencia de tiempo y caricias de las que se siente privado, en una suerte de celos hacia el hábito placentero y con una actitud que bien podríamos entender como “el puro o yo”.

 

Lo mencionado ocurre más fácilmente en gatos, acostumbrados a desempeñarse de manera más independiente, y en perros jóvenes o de gran tamaño, los primeros porque no parecen cansarse nunca de las ganas de jugar, como Macy, el labrador de un amigo que aparece a mi lado fumando pipa, que va y viene, huye del humo pero vuelve enseguida, y los segundos porque justamente su tamaño limita en alguna medida la extrema cercanía y buscan la forma de hacerse presentes y partícipes en cada actividad mediante estrategias de conducta que incluyen incluso intentar hacerse del puro lo cual, en mi experiencia personal, se da casi en todos los casos en que el cachorro de marras es un Bulldog Inglés (prueba de ello son Nuno y Dorian, este último extasiado con un Juan López en sus fauces, seducido por el objeto que pocos minutos más tarde su dueño encenderá y fumará a su lado).

 

La presencia de nuestro “animal de estimación”, simpático término acunado por los brasileños en el país que me acogió hace ya algunos años, no es excluyente de la compañía de amigos, esposa, pareja, hijos o visitas de alguna índole, sin embargo, y sin desmedro del afecto y cercanía con todos ellos, es nuestra mascota quien más fielmente comparte nuestra afición, sabiendo dibujarse a nuestro lado en toda circunstancia y momento, postergando sus propios y desconocidos deseos, por la entrega de esa fidelidad que solo ellos tienen, de la lealtad establecida por una complicidad silenciosa, austera y persistente, que intercambia atención por afecto, que regala en un lengüetazo toda una poesía de afecto, como ese que se adivina en los ojos de Emma, la Boston Terrier de Gastón Banegas y que (estoy seguro de ello) es la inspiración última de las delicadas y elaboradas notas de cata que Gastón sabe dar a luz cuando algún puro o habano en particular le toca la fibra literaria y se motiva a regalarnos su prosa.

 

Y es que todos aportan lo suyo, Patrick, el Vizsla de Hernan Bernat, no solo lo acompaña a fumar sino que, camiseta de River mediante, es también parte de la cábala cuando, partido a partido enciende un Estrada Gran Reserva frente al televisor o antes de irse a la cancha, Nuno, el gran bulldog de Keith Carrizo, luce tan cinematográfico como su dueño no solo en la foto que acompaña este artículo sino también en la vida real de la cual tengo también algunas imágenes robando mi fumada; Dorian, el bulldog de Jorge Medel es quizás el único amor que logra robarle tiempo de calidad a la dedicación por su Harley Davidson, que es también su otra gran compañera de fumada, y Latakia (por favor deténganse en este nombre y en la magia de los humos que amenaza) el gato de Christopher Sáez, es el dueño real de la pluma que esboza notas de humos de pipa y cuya primera entrega podrán disfrutar también en este número de la revista.

 

Al sur del mundo, donde la cordillera y el mar parecen estar simultáneamente al alcance de la mano, donde las frías aguas nos regalan días ideales para encender algo que haga más llevaderos los vientos y las nubes, muchos de nosotros vamos de a dos, hasta donde nos dure la cuerda, y hasta donde les dure a ellos, porque a veces se cansan y exigen brazos y ahí yo me río de mis amigos porque Latakia escapa, Dorian, Patrick y Nuno resultan inencumbrables, Emma se arroja a la piscina solo para que la saquen y solo Grissom Woods, mi Grissom, permanece en mis brazos eternamente, con la excusa irrefutable de pesar solo un kilo y medio.

Los perros nos ven como dioses, los caballos como a sus iguales, pero los gatos nos miran como si fuéramos sus súbditos

Winston Churchill

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