Chicome: vivir el tabaco

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Por César Salinas

Detrás de alguna curva aparece descalzo o en huaraches, sombrero emplumado, bastón en mano y una enorme sonrisa detrás de su abundante barba donde un puro anuncia el final de alguna carrera de 50 o 100 kilómetros. Ahí viene el humano locomotora que celebra las fechas y símbolos con el humo de la planta sagrada, xalapeño ilustre, iniciado e iniciador de aficionados al arte del buen fumar.

José Alarcón, Chicome, es un hombre de y para el tabaco: lo vive, lo interioriza, lo simboliza, lo transforma, es hace parte de él pero también lo festeja en la colectividad, busca e inicia a los que titubean en el umbral de las puertas del placer.

Para Pepe las cosas no son solo cosas sino símbolos, fuerzas en cuyo interior duermen espíritus, misterios, secretos que requieren ofrenda y respeto. Sabe que el tabaco es más que una planta.

Es esta la razón por la que llega corriendo con un puro a la meta y ofrenda esta planta de poder en sus recorridos; por ello celebra, rinde respeto, canta y sufre con el tabaco; pipa o puro, aspirado o masticado, diariamente o en ocasiones especiales, disfruta plenamente el universo nicotiana.

Chicome es heredero de una de las pizzerías más viejas e icónicas de la Atenas Veracruzana, que cuenta con una de las cartas más originales que conozco: la Rapsodia Bohemia, ubicada en la calle de Alfaro; ha vivido enteramente en la capital veracruzana, es un xalapeño de cepa que, como todos los capitalinos ilustres, es muy querido y reconocido por un sinnúmero de personas que se han cruzado con él a lo largo de su intensa y tumultuosa vida, ya sea detrás de los fogones, de las tribunas, de los volantes, de las carreteras o las mesas del Café Cali. Detrás del humo de un puro, o una pipa.

El tabaco y los días

“No creo en los maratones. Las carreras que he corrido son ultra trails, porque ahí podía ser yo, y quién soy: alguien a quien le gusta quitarse los tenis o los huaraches, meter las patas a un río, y por supuesto, prenderme un puro. A veces lo hago en la carrera, y me van mentando la madre los corredores”, nos platica Pepe en el café Cuatro Regiones, en el corazón capitalino.

Comenzamos esta charla con un Guajiros, que nos obsequió de su viaje a España, donde recorrió los mil kilómetros del Camino de Sanitago; nos acompaña Tomás Victoria, amigo y director general de Latino Aficionado.

Chicome cuenta que siempre lleva sus puros a todas partes, especialmente a sus carreras. “El primer puro en una carrera para mí es de ofrenda (de preferencia uno que no sea caro, jajaja) le corto una tercera parte, y hago una ofrenda a los guardianes custodios del bosque, la selva o el desierto, de las cañadas o de donde quiera que vaya a andar”.

Su ritual es a la manera de los quechuas: “Me pongo mi tabaquito en la frente, lo ensalzo, pido permiso, y lo deposito en un árbol, entonces entro, o comienzo. Tengo muchos años haciéndolo”.

El tabaco lo lleva en sus genes, en su historia, y se le ha presentado en tres formas que marcaron su vida: el cigarrillo, el puro y la pipa.

Al primero llegó culturalmente. Tiene 52 años, recuerda cómo antes se podía fumar en todos lados, “todo mundo lo hacía, de forma cotidiana, y no era mal visto. De pequeño mi padre me llevaba de caza, o pesca, y todos los cazadores fuman. Los venías subir montañas, no había esa idea de que hacía daño”.

Sus primeras excursiones al Cofre de Perote era con un paquete de cigarrillos, “Carmencita”, por ejemplo; “tú asociabas la ida al monte con el cigarrillo. Ahora, mi abuelo fumaba puro, y lo fumó hasta el último de sus 80 años, pese a que a los 40 y tantos le diagnosticaron angina de pecho porque fumaba cigarrillo, es cuando decide fumar puro. Lo hacía diario, era un catrín del Casino Español de Xalapa, Don Renato Alarcón Guevara”.

De niño, Chicome creció viendo caricaturas donde los personajes fumaban pipa: Popeye o El Oso Mañoso, por ejemplo, y muchos detectives que alternaban puro y pipa. “Toda mi familia fumaba cigarrillo, algunos Raleigh, otros Marlboro, otros Alas y unos más, Delincuentes (Delicados)”.

Pese a ello probó el tabaco hasta los 21 años, debido al deporte que practicó de forma constante durante su infancia y adolescencia.

“Mi primera cerveza me la tomé a los 19 años… pero de ahí me fui, con mentalidad adictiva, duro; llegué a fumarme dos cajetillas diarias, uno tras otro tras otro… fue entonces que a mi padre la da un infarto, y comienza a fumar puro y él me enseña: cómo encenderlo, agarrarlo, fumarlo”.

Por eso lo tiene claro: No hay una forma más hermosa de disfrutar la nicotina que un puro, “así le pongas mil pipas, mil cigarrillos. ¡No señor, EL PURO!”.

Torre de Madero

En los puros se trata de saborear, disfrutar, recordar y desmenuzar las distintas sensaciones que producen sus humos, asociarlas unas con otras, confrontarlas con bebidas, alimentos, ideas y música, probando y probando en esos tranquilos ritmos a los que obliga un buen tabaco.

Y para disfrutar de veras fumar puros, hay que tener tiempo y estar atentos en cada calada, porque intervienen los sentidos de la vista, el tacto, el olfato y en algunos casos, hasta el oído.

Por ello el lugar para fumar es importante sobremanera, es el maridaje obligado y hay que escogerlo bien, en eso pensé primero, cuando pensamos en poner Torre de Madero, que fue más que una tabaquería.

Fue una plataforma para la promoción e impulso del pequeño productor de puros, un proyecto en beneficio de aquellas personas que llevan generaciones en la elaboración artesanal de cigarros y para los artesanos del cedro que llenan de creatividad los salones del Arte del Buen Fumar.

Recuerdo cuando lo conocí, la tarde caía sobre Francisco I. Madero, Chicome entraba por vez primera a La tabaquería, no tenía mucho que había abierto, y cómo saberlo, iba a cambiarlo todo, para mí como personalmente, estoy seguro también, para la vida de los fumadores en Xalapa y la región.

No exagero, quien lo conoce, sabe que lo suyo es iniciar a las personas de una u otra manera; un ser humano que en un gesto de desbordada fraternidad te obsequia su pipa o se quita y te regala sus botas (no miento: un día se quitó y me regaló sus botas, estábamos en el local).

Y busca, sobre todo, reunir a los amigos en torno del tabaco.

Pepe tiene de fumar cigarros del diario como siete años, poco antes de conocerme a mí y a Torre de Madero. “La Torre influyó mucho en que yo fumara del diario, allí conocí a Alba, a varios productores, a Tomás, a José de Jesús Villegas (dueño de puros Don Ramón) y mi padrino de puros, un tal César”.

Iba todos los días a la tabaquería. Un día me dijo: a partir de hoy voy a probar todo lo que tienes, todas las vitolas, todas las marcas. Y lo hizo, tarde a tarde se sentaba y platicábamos, intercambiábamos puntos de vista, me hablaba de su ir y venir en este mundo, mientras las cenizas caían y las anillas se acumulaban.

“Recuerdo cuando llegaba y le decía, qué me voy a fumar hoy, porque llegué a fumar todos los puros de la tabaquería. Le preguntaba, ¿qué me estoy fumando?, descríbemelo, y lo que me decía iba para mis redes”.

Con César –continúa– aprendo la onda del maridaje, se me mete en la cabeza distinguir las notas de un puro. Hizo varios eventos, entre ellos por cierto la presentación de este gran puro que me estoy fumando, Comandante. Aprendí también qué tabacos no debo fumar.

Siempre buscaba que la tabaquería fuera su punto de reunión, suyo, de sus amigos y de los amigos de sus amigos. Era feliz, un tanto más que yo, cuando el estanco se llenaba de humos.

“Lo extraño, mucho. Dice mi hija que soy un influencer, y en mi café favorito, donde tengo 22 años de ir diario, a mis amigos que fumaban cigarrillo les pegué una mordida de zombi, y al dueño le pedí la terraza y nos la presta para echarnos el puro, hay veces que nos juntamos hasta 10”.

Peregrino de tabaco

Hace poco, Pepe recorrió los mil kilómetros del Camino de Santiago, 35 días de peregrinación, y el tabaco siempre estuvo presente e incluso, fue protagonista, como siempre.

“Empezaba mi día con un café y un panecito, pero había días que desde que daba el primer paso fuera del albergue ya estaba encendiendo mi primer Reig 17, que es como una panetela, tabaco de Canarias, muy buenos, muy muy buenos”.

Recuerda cuando conoció la marca, estaba un señor con cabito (último tercio de un puro) en la boca; terminó vendiéndole uno por un euro, y le encantaron, “en la siguiente ciudad, busqué el Estanco. Había hecho cola para las tortillas, para el súper, para pagar la leche, pero nunca en mi vida para comprar tabaco, fue la primera vez”.

¿Cómo fue el choque cultural del fumador?: “Nunca me hicieron un feo, me hacen más feo aquí por fumar, que me tuercen la boca cuando saco mi puro. En España fuman que da miedo. ¿Pues no te digo que hice cola para comprar tabaco? Y me regañaron, me quise meter a lo mexicano, sin respetar la fila y me pusieron en mi lugar, y el majo que estaba comprando me miró como si me hubiera echado un pedo”, recuerda.

Su experiencia como fumador la resume: podía hacerlo donde me placía. Pero no había fumadores de puro, sólo de cigarrillos, en exceso, y ninguno de pipa. Se encontró con todas las naciones de peregrinos, “y ninguno fumaba puro, sólo para liar”.

Se paraba a las 5:00 am, me tomaba café, excelente el de allá y desde muy temprano, se lavaba la cara y arreglaba su mochila, una tostada, y darle. “A las 6:00 ya estaba en camino, y a las 10 de la mañana desayunaba, donde quiera que estuviese, y un puro, hasta cuatro diario, a veces tres Reig y un Guajiro, a veces dos y dos, pero fumé todo el bendito camino”.

A la una de la tarde llegaba a los albergues, allí se cocinó cada día, tenía un presupuesto de 20 euros, en el que incluía una barra de chocolate, una cocacola de litro y medio, y puros. “Ya si no tenía qué tragar no había pedo, ahí veía cómo, porque para el peregrino siempre había, pero para mis vicios, siempre”.

En las noches, antes de ir a la cama, a las 10:00 pm, se fumaba uno, religiosamente, y así durante los 35 días que pasó en tierras ibéricas. Pepe es un hombre de tabaco, de ahí viene, allí está su casa, a la que invita a entrar sin distingo.

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