Comer para pensar. Nietzsche y la dietética

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Ricardo Paredes Prior

Colegio de Filosofía A.C.

“En todas las edades de mi vida, el exceso de dolor ha sido monstruoso”, afirma Nietzsche. Dos terceras partes, si no más, de su vida, él la vivió enfermo. Frecuentemente era atacado por fiebres, vómitos y migrañas; estos episodios de dolor le ocurren desde los 23 años, cuando, se especula, sus fuerzas fueron disminuyendo a causa de la sífilis; aunque, de igual modo, sufrió, cuando participó en la Guerra franco-prusiana en 1870, de disentería y difteria.

Ante lo cual, decidió autocurarse, imponiéndose largas caminatas y dietas. Datos de esto hay, encontrados en papeles dejados sin mostrar antes de su muerte, por ejemplo, en 1876 escribiría: “Ayunar un día a la semana. De noche, sólo té y leche. Caminar cuatro horas diariamente”. Entonces, los padecimientos de su cuerpo fueron orientando su pensamiento, llevándolo a plantear en su libro La Gaya Ciencia, de 1882, un cuestionamiento sobre los padecimientos del cuerpo en nuestro modo de ver el mundo. Por eso plantea:

“Hasta ahora carece aún de historia todo lo que ha dado color a la existencia: ¿dónde podría encontrarse una historia del amor, de la codicia, de la envidia…? (…) ¿Se han hecho ya objeto de investigación las diferentes divisiones del día, las consecuencias de un establecimiento reglamentado del trabajo, la fiesta y el descanso? ¿Se conocen los efectos morales de los alimentos? ¿Existe una filosofía de la alimentación?”.

Así, lucha Nietzsche por plantearnos la historia de la humanidad en torno al cuerpo y sus padecimientos como el nacimiento de nuestro pensamiento. A saber, en la filosofía de este filósofo, el cuerpo toma un papel determinante: “El ocultamiento inconsciente de las necesidades fisiológicas bajo las máscaras de la objetividad, de la idea, de la pura intelectualidad puede tomar proporciones pavorosas, y a menudo me he preguntado si, al fin de cuentas, la filosofía no habrá consistido hasta ahora solamente en una exégesis del cuerpo y un malentendido del cuerpo”.

Bajo esta concepción, verá la luz aquella idea de la dietética como un momento en la edificación de uno mismo. Nos señala, entonces, para la práctica del filósofo la problematización del origen de nuestra cultura desde el suelo de nuestro cuerpo, es decir, La razón ya no como la gran calculadora y analista, desde la posición de una conciencia universal, sino en relación con un cuerpo; por ello, según Nietzsche hay una cuestión que es más preocupante y del cual depende la salvación de la humanidad, incluso mayor a cuestiones de índole religiosa, y es la cuestión del régimen alimentario.

Esto se entiende mejor del siguiente modo: nuestro razonamiento es algo que nace en nuestro cuerpo, en nuestros padecimientos tanto de bienestar como de malestar, pues “hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría.” Eso pensado desde la creencia en la cual las vivencias son el centro, lo que quiere decir es: todo juicio nace de una perspectiva. Entender aquí perspectiva como punto de vista situado en un momento de la historia, dotando así de su visión, y sola la de él; es decir, una visión particular.

En tal sentido, la dietética nietzscheana es ciencia de la mesura; nada de excesos ni carencias ni proscripciones; promoviendo con esto una armonía, una adecuación entre la necesidad y el uso saludable. Por consiguiente, a la idea de alimentación queda supeditado nuestro comportamiento; muchos más de los que suponemos, es decir, la alimentación determinante nuestra conducta. Por ello surge una pregunta en la filosofía nietzscheana: “¿Cómo debes alimentarte con exactitud para alcanzar el máximo de tu fuerza? De la virtud en el sentido del Renacimiento, de la virtud garantizada sin moralina”.

Entonces, nos encontramos con el hecho de que la dietética es una fusión dinámica entre la ética y la estética, porque se trata de crear un estilo de vida que enaltezca nuestras fuerzas, tanto corporales como espirituales, mediante un estilo de vida noble. Lo cual, no es más que un estilo de vida que busca la “Gran Salud” como indica en el Ecce Homo, el libro autobiográfico de Nietzsche. La “Gran Salud” se trata de alcanzar una nueva perspectiva, guiada por medio de una voluntad afirmativa. A la sazón, la filosofía habrá de transformarse en una ciencia fortalecedora de la vida, de una vida que vive afirmando las pasiones frente a toda verdad racionalista, en donde prima la objetividad.

Por tanto, en la filosofía de Nietzsche encontramos la búsqueda de una construcción de sí mismo y para tal efecto el hombre debe en la alimentación dar con el estado perfecto de un estilo de vida que premie la “Gran Salud” o un modo de hacer filosofía que no busca el origen de las cosas sino el nacimiento de nuestro pensar supeditado a los influjos de nuestras pasiones. No solo de una alimentación nutricional; también, se trata de un modo de ingesta que tenemos de los símbolos culturales que conforman nuestras creencias. Luego, tenemos que Nietzsche relaciona la filosofía con la vida, con su propia vida, él como una especie de puente, donde lo corporal se premia para conseguir la “Gran Salud”.

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